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Literatura - La sorpresa (cuento)

12 de abril de 2011



Él sabía que no se detendría, que no aflojaría su puño cuando llegase el momento. Había pensado muy bien cómo hacerlo. Había alimentado por años su odio hacia ese maldito.
 No tendré piedad, se decía mientras caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de su gabán, esquivando el frío de esa mañana.
 Sin embargo, su mano derecha transpiraba profusamente sosteniendo la invalidez de aquel pensamiento atroz de la venganza y la culata de aquel revolver viejo, pero convencido de su seguridad a la hora de disparar.
 ¿Qué balanza pesaría el dolor de la pérdida y del pecado de la venganza?
 ¿Qué cuenta debería hacerse para saber la relación de justicia ante el pecado y el dolor?
 No le importaba. Su atormentado corazón lo empujaba bombeando más que lo habitual apurando sus pasos. La seguidilla de baldosas con las cuales jugaba cada vez que recorría aquella vereda, no obtuvieron su atención esta vez. La tensión de sus músculos cuasi lo acalambraba, pero reponía su concentración en el momento que se avecinaba y la flexibilización de la tensión llegaba por algunos segundos.
 Al doblar en la esquina -la del cruce de las vías del Ferrocarril- supo que solo quedaban unos segundos para reflexionar. Pero su odio, su ira y dolor sobrepasaban cualquier intento de reflexión.
 Llegaría al lugar e ingresaría por el portón, no por el portillo. Si hiciera eso, él lo vería desde la ventana de la cocina y le daría unos segundos para correr, escaparse o intentar alguna defensa. No quería darle ninguna chance: quería su muerte, su destrucción, eliminarlo y disfrutar con su cara de asombro. Le gritaría hasta que le ardiera la garganta, le escupiría en el rostro, mientras la sangre del maldito moribundo ensuciara sus zapatos.
 Sería una orgía desenfrenada mezcla de venganza y placer que duraría segundos, un minuto o un poco más. Pero valdría la pena.
 Luego, entraría a la cocina, sacaría la foto, la besaría con la misma pasión que cuando estaba en su casa y saldría camino hacia la comisaría.
 Para este tiempo, el maldito ya estaría enfriándose en medio de su propia sangre.
 Y llegó.
 Hizo lo pensado, ni se detuvo a mirar siquiera. Empujó con violencia el portón de madera y traspuso el umbral. En ese instante, se escuchó un estampido y él sintió como un aguijón le quemaba el pecho.
 Abrió sus ojos como si fuera a despedirlos de sus cuencas, se tomó el lugar que le quemaba y vio como brotaba la sangre.
 Quiso mantenerse de pie, pero las piernas no soportaron el peso. Cayó de rodillas.
 En un vano intento quiso extraer el revolver de su gabán, pero sus manos no respondieron. El dolor de la herida se agudizaba, sentía su camisa empapada con la sangre caliente y su garganta se cerraba con borbotones de flema y sangre. Quiso maldecir y no pudo.  Se escuchó un sonido gutural y cayó dando su cara contra el piso.
 Los gritos de los vecinos y el ruido de cajones cayendo al ser atropellados por la esposa del matador, fue lo último que escuchó. Un estertor propio de los nervios aflojándose conmovió todo su cuerpo…
 Estaba muerto quién venía a matar, a vengarse.
 Nunca se enteró cómo lo habían anticipado.
 Cómo se había dado cuenta quien debía ser el muerto, que venían por él. Que llegaría por el portón. Que venía a matarlo y que traía su revolver. Que no le daría posibilidad alguna…
 Si se lo cuestionó, jamás pudo contestarse.
 Él matador estaba allí, de pie junto a su cuerpo y manchándose con su sangre, sus viejos y sucios zapatos.

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